Eagle Pass, Texas, Piedras Negras, Coahuila y Zonas colindantes: La “revolución” del gas shale, el lavado de dinero y la “Frontera Blanca”

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El relato de esta ocasión se basa en la historia sobre esta parte del viaje que escribió mi amigo Sergio Chapa en inglés. Tuve la oportunidad de leer su historia antes de que yo escribiera la mía. Por lo tanto, debo darle el crédito que se merece pues su magnífico recuento inspiró mi propia historia y me guió por los detalles que en ocasiones se me dificulta recordar. El trabajo de Sergio y el mío se complementan bastante bien y siempre lo han hecho así. Los académicos que investigan los temas fronterizos y de seguridad se basan en los trabajo de algunos periodistas que con gran esfuerzo y valentía cubren regiones que no siempre son seguras y que muchas veces no son de fácil acceso. Los periodistas nos proveen a los académicos de la información clave para generar nuestros marcos teóricos y tratar de explicar fenómenos de manera general. En esta ocasión, me gustaría reproducir una serie de apreciaciones que provienen del texto de Sergio y que me inspiraron a pensar en tres temas fundamentales: i) la importancia de la formación geológica de Eagle Ford Shale en la industria de los energéticos en Texas; ii) el crimen organizado en el noreste de México (específicamente en el estado de Coahuila, México), y iii) el lavado de dinero.

La “revolución” del gas de esquisto (the shale gas revolution)

A Border Patrol checkpoint along the highway between Carrizo Springs and Eagle Pass. (Sergio Chapa/Borderzine.com)

A Border Patrol checkpoint along the highway between Carrizo Springs and Eagle Pass. (Sergio Chapa/Borderzine.com)

Salimos de Laredo y nos dirigimos hacia Eagle Pass, ciudad tejana que se encuentra localizada en el condado de Maverick. En nuestro trayecto tomamos una pequeña desviación de la frontera que nos llevó un poco al norte al tomar la Ruta Federal 83 que empieza en Brownsville, Texas, continúa por el centro del estado y cruza el país hasta llegar a la frontera con Canadá. Nuestro destino era Carrizo Springs que es una ciudad ubicada en el condado de Dimmit. En este camino pudimos ver un cambio de vegetación; los bosques de mezquite o algarrobo iban desapareciendo y nos encontrábamos grandes extensiones de tierra con matorrales espinosos. En esta región de Texas, parecía que el problema de la migración indocumentada y el tráfico de drogas no eran “una cosa de tierra”, es decir, podría uno pensar que el cruce de migrantes y droga por esta zona se hacía mayormente a través de los tráileres y vehículos de carga pesada que transitaban a lo largo de la carrera interestatal 35 (o I-35), la cual corre paralela a la Ruta Federal 83 y va hacia San Antonio y otras ciudades importantes de la Unión Americana.

En el camino también pudimos apreciar diversos pozos de gas natural y petróleo que forman parte de un escenario que siempre he relacionado con el sur de Texas. Cuando era mucho más joven, las caricaturas en general siempre presentaban los episodios que tenían que ver con Texas acompañados de imágenes de pozos petroleros. En este recorrido en particular, los pozos petroleros y de gas natural que vimos forman parte de la formación geológica de Eagle Ford Shale, que es una zona importante de extracción de hidrocarburos en el estado de Texas. Sobre la importancia de esta formación geológica para las comunidades locales y la economía de Texas en su conjunto se ha escrito bastante. También se han analizado de forma extensa los impactos de los diferentes proyectos en la zona en materia ambiental. Es cierto que estos desarrollos en la industria de los energéticos en Texas representan grandes ventajas económicas para la región, pero al mismo tiempo presentan grandes retos en materia de conservación del medio ambiente. Me refiero, sobre todo, a la explotación de gas “shale”/gas de esquisto o gas de lutitas.

En un inicio se pensó que la extracción de gas de lutitas en la formación de Eagle Ford era una operación muy cara y riesgosa. Para 2008, esta visión había cambiado con el descubrimiento de un proceso de extracción del hidrocarburo conocido como fracturación hidráulica o “fracking” (en inglés). Dicha técnica consiste en la inyección a presión de alguna sustancia en el subsuelo—muchas veces agua con arena y productos químicos, espumas, gases o uranio—con el objeto de ampliar las fracturas existentes en el sustrato rocoso que encierra gas natural o petróleo, y favorecer así su salida y extracción.

Derivado de los incrementos en los precios de los hidrocarburos en los últimos años y de un mayor consumo a nivel mundial de los mismos, el empleo de estas metodologías de extracción se ha propagado de manera considerable, sobre todo en los Estados Unidos. Se ha llegado incluso a hablar de una “revolución” del gas de esquisto y se han realizado campañas muy agresivas y exitosas para atraer a miles de trabajadores a las zonas más importantes de extracción del hidrocarburo, como aquellas localizadas en el sur de Texas. Y ahí estábamos, observando todos esos pozos e infraestructura para llevar a cabo el proceso de fracturación hidráulica en la formación geológica de Eagle Ford. Para unos viajeros que nos gusta analizar todo tipo de fenómenos económicos y sociales, esa fue una experiencia realmente interesante.

Continuamos un poco hacia el norte por la Ruta Federal 83 y pasamos por las comunidades rurales de Catarina y Asherton, cuyas actividades y dinámicas económicas históricas parecen haber cambiado mucho en los años recientes. En poco tiempo, surgen en la región numerosas compañías proveedoras de maquinaria y materias primas para satisfacer las necesidades que plantean los nuevos desarrollos de extracción de hidrocarburos en esta zona que colinda con el estado mexicano de Coahuila. La llegada de personas para trabajar en la industria de los energéticos localizada en la formación de Eagle Ford es también de llamar la atención. Los centenares de nuevos trabajadores que arriban a esta región rica en hidrocarburos maximizan la ocupación hotelera y saturan el mercado de bienes raíces. Esto ha pasado en tan solo unos años. La transformación es reciente y las promesas han sido demasiadas.

Con la promesa de trabajos bien remunerados y mejores condiciones de vida gracias a la “revolución del shale”, los costos por la renta de habitaciones en ciudades como Carrizo Springs se han incrementado de forma extraordinaria. La oferta de vivienda en estas comunidades parece ser insuficiente. Para satisfacer la creciente demanda, algunas compañías han decidido destinar una parte de sus propiedades a la construcción de parques de casas móviles para sus trabajadores. Es interesante observar este tipo de desarrollos inmobiliarios a lo largo de esta región tejana.

Eagle Pass, Texas

Dejamos entonces Carrizo Springs y continuamos en dirección al oeste sobre la carretera estatal 277 hacia la ciudad fronteriza de Eagle Pass. En este recorrido seguimos observando numerosos pozos de petróleo y gas natural. Eagle Pass me pareció una ciudad fronteriza interesante pero no demasiado bonita (tampoco fea, de ninguna manera). Las ciudades petroleras nunca me han parecido atractivas. Recuerdo las imágenes de ciudades como Corpus Christi, Texas; Poza Rica, Ciudad del Carmen y Coatzacoalcos, Veracruz; Tampico y Reynosa, Tamaulipas, entre muchas otras que pudieran aquí mencionarse. Las ciudades petroleras, o mejor dicho—aquellas ciudades cuya economía se basa principalmente en la industria de los energéticos—atraen a todo tipo de personas que suelen llegar de distintas partes a trabajar en las plataformas de extracción de hidrocarburos. Dichos trabajos no son siempre los más fáciles de desempeñar y se suelen generar, por estas actividades, dinámicas difíciles derivadas del deterioro social y sobretodo ambiental.

Una de las primeras cosas que vimos al llegar a Eagle Pass fue el enorme estadio de futbol americano del equipo estudiantil de Las Águilas [Nota: los mexicanos nos referimos a este deporte así, añadiendo la palabra “americano” a “futbol” para diferenciarlo de nuestro futbol, al cual los estadounidenses llaman simplemente soccer). De ahí nos fuimos a visitar directamente uno de los tres cruces fronterizos con los que cuenta la ciudad: El Puente Internacional Eagle Pass-Piedras Negras; y caminamos en dirección de la ciudad hermana del lado de México. En nuestro recorrido a pie por este puente (también denominado Puente Internacional No. 1) tuvimos la oportunidad de apreciar otra de las más extraordinarias vistas hacia el Río Bravo (como aquella que se puede ver cruzando el puente desde Roma, Texas hacia la ciudad mexicana de Miguel Alemán).

Lo que más llamó nuestra atención fue el atardecer y su reflejo en el agua más clara del Río Bravo que habíamos visto hasta ese momento. Era tan clara el agua en ese tramo, que se podía ver el fondo del río; yo nunca había tenido la oportunidad de apreciar eso. Debajo de ese puente, en el lado americano, podíamos también ver un parque enorme con un campo de golf y canchas para jugar futbol soccer (o simplemente futbol, como decimos los mexicanos). Y ahí nos paramos a ver a los niños jugar de un lado y el atardecer reflejado en una parte muy clara del inmenso Río Bravo del otro. Yo así sentía en ese momento, que estaba frente a un río inmenso, también lleno de contrastes. Sergio se refier al “poderoso Río Grande” en esta parte, de la siguiente manera: “… es ancho, pero parecía poco profundo, rocoso, caudaloso y limpio, diferente a las otras áreas contaminadas del mismo que habíamos visto en la zona de Laredo”. Y del otro lado del Río Bravo se encuentra la ciudad  mexicana de Piedras Negras.

Piedras Negras, Coahuila en lo que fue un día la “Frontera Blanca”

Lo pensamos un poco antes de cruzar a esta ciudad fronteriza por la tarde. Nos había dicho que la ciudad estaba controlada por la organización de los Zetas—de los que pude hablar ampliamente la semana anterior (pero no lo suficiente). Nos dijeron que tuviéramos cuidado ahí y algunos incluso nos dijeron que ahí se escondía el temible Miguel Ángel Treviño Morales, alias El Z-40, quien era en ese entonces considerado como el líder de la agrupación criminal—antes de que fuera arrestado en un operativo conjunto de la marina y el ejército mexicanos cerca de la ciudad de Nuevo Laredo, Tamaulipas en julio de 2013 y después de que presuntamente muriera Heriberto Lazcano (alias “El Lazca”, Z-3 o “El Verdugo) en un enfrentamiento con elementos de la Secretaría de Marina en la ciudad de Progreso, Coahuila en octubre del año anterior.

No obstante lo que nos habían dicho, decidimos cruzar la frontera hacia el otro lado, hacia Piedras Negras, que era parte de lo que alguna vez fue denominada la “Frontera Blanca” por su estabilidad y sus bajos índices delictivos. La Frontera Blanca era una frontera limpia, una frontera pacífica, una frontera donde “no pasaba nada”. A esta hora del día, lo que vimos primero nos pareció bastante agradable. Justo al cruzar el Puente Internacional 1 llegamos al centro de la ciudad y nos encontramos con la Gran Plaza, donde pudimos ver esas enormes letras rojas con el nombre de la ciudad. También vimos el Museo de la Frontera Norte, la Casa de las Artes, el Asta Bandera (que supuestamente es la más grande del continente), el Monumento a la Libertad (que presentaba unas golondrinas) y el Museo del Niño con su distintiva escultura de “chapulín”. También observamos a las familias convivir en el “Paseo del Rio”, una pista de concreto desde la cual se podía ver el atardecer reflejado en esa sección del Río Bravo. Situados en la Gran Plaza, Piedras Negras nos pareció espectacular. La también denominada “cuna del nacho”—pues supuestamente este platillo tan popular se inventó aquí—era una ciudad limpia y parecía que ordenada.

Pero pronto nos dimos cuenta de que esa tranquilidad, limpieza y orden se mantenían sólo en la superficie. Pudimos percibir rápidamente que la ciudad era peligrosa y que no nos convenía quedarnos ahí mucho tiempo, sobretodo porque empezaba a obscurecer. La semana pasada hablaba de la sensación que experimenté en ciudades que se consideran por un buen número de personas como “plazas de los Zetas”. Hablé de la ciudad de Nuevo Laredo y de sus sistemas de vigilancia utilizando “halcones” o espías de manera muy organizada y “casi” militarizada. En Nuevo Laredo sentí desconfianza, temor, sentí que algo no andaba bien, que había mucha gente mirándome pues sabían que no era de ahí. Volví a sentir ese tipo de temor en Piedras Negras y me fijé también que había muchas personas que parecían observarlo todo y a todos, con celulares en mano y con cara de que desconfiaban de todos.

Yo también empecé a desconfiar de todos y me acordé mucho de Nuevo Laredo, que era también supuestamente una “plaza de los Zetas”. En la ciudad fronteriza coahuilense, pudimos apreciar un gran número de automóviles—muchos de ellos de color negro—y taxis que se paseaban por las calles principales del centro de Piedras Negras de una manera extraña; parecía que pasaban por las mismas calles de forma constante y se paraban en lugares específicos. Es posible que sólo me imaginé esto, pero creí ver este fenómeno también en Nuevo Laredo—en este último caso, vi varios automóviles de color rojo. Ahí en Nuevo Laredo también recuerdo hombres con franelas rojas (probablemente como distintivos) parados en puntos equidistantes en la Avenida Vicente Guerrero.

En Piedras Negras no creí ver hombres así, pero aquí sentía que dominaba el color negro. La “Frontera Blanca” parecía haberse convertido en la “Frontera Negra”. Y muestra de ello eran las alertas emitidas por el Consulado estadounidense en Nuevo Laredo sobre balaceras y narco-bloqueos frecuentes en la ciudad coahuilense desde hacía ya un par de años. De acuerdo a diversas versiones que escuché por ahí, los Zetas se había apropiado de las rutas de tráfico de drogas y de migrantes indocumentado en esta región del noreste de México, además de que habían generalizado el negocio de la extorsión, secuestro, cobro de derecho de piso y otras actividades ilegales—todas ellas parte de la empresa criminal transnacional de la que hablé la semana pasada.

El Casino Kickapoo y una reflexión sobre el lavado de dinero

Sergio y yo pensábamos ir a la Plaza de las Culturas en Piedras Negras pues habíamos leído que era un lugar que valía la pena visitar y que contaba con réplicas a menor escala de las pirámides de Teotihuacán, Chichen Itzá y otras. Además, sabíamos que cerca se localizaban diversos bares y restaurantes donde queríamos ir a comernos unos nachos—pues estábamos en la “cuna del nacho”. La tensión que sentí en esa ciudad nos hizo cambiar de planes y decidimos no llegar a ese destino de pirámides y nachos en la ciudad hermana de Eagle Pass. Entonces regresamos al lado americano y decidimos dirigirnos en la noche hacia el Casino Lucky Eagle, ubicado en la reservación india de Kickapoo—que es una de las solo tres reservaciones que tiene el estado de Texas.

Teníamos mucha curiosidad de conocer el Casino, pues nos parecía que valía mucho la pena considerando que era administrado por la reservación india y porque leímos que se había ampliado recientemente y ahora contaba con su propio hotel. Esperábamos ver un Casino “tipo” los de Las Vegas, pero lo único que encontramos fue una gran cantidad de “máquinas tragamonedas” (o slot machines) y mesas para jugar póker. Las reglas en el lugar eran muy estrictas en todos sentidos; nada se comparaba con lo que pasaba en las Vegas. Y precisamente al pensar en las Vegas y sus casinos (no en el Casino Lucky Eagle cercano a Eagle Pass) me puse a reflexionar sobre otro tema. Pensé en otra actividad clave de las empresas criminales transnacionales: el lavado de dinero. Este componente o área dentro de una empresa criminal transnacional correspondería al departamento de finanzas y es, por lo tanto, una de las partes más importantes del negocio.

Tengo la impresión de que las verdaderas “cabezas del negocio” estás más cerca del dinero que de la generación de terror o de miedo (es decir, del departamento de mercadotecnia). Por eso cada vez que pienso en que los Zetas operan como empresas transnacionales muy complejas y diversificadas—donde el sicariato es solo una forma de outsourcing para llevar a cabo una estrategia de mercadotecnia—descarto más la idea de que las autoridades mexicanas hayan debilitado a la organización arrestando a su supuesto líder principal: Miguel Ángel Treviño Morales (El Z-40). En este nuevo contexto, me hago la misma pregunta que la periodista de investigación Dawn Paley en un muy buen artículo que escribe para la revista Vice México poco después del arresto de este supuesto líder Zeta: “¿Pero quién chingados es el Z-40?

Yo veo a personajes como Treviño Morales simplemente como jefes de sicarios o jefes de plaza; los veo sólo como gerentes de un negocio (no dueños de la misma) que pueden ser fácilmente reemplazados por otros gerentes que sabrán hacer lo mismo que ellos. Considerando los antecedentes de estas personas, sus orígenes y entrenamiento, así como el hecho de que organizaciones como los Zetas controlan territorios extensísimos dentro y fuera del país, dudo mucho que ellos sean los grandes capos o los jefes supremos. En una organización que parece operar más bien por células y utilizando técnicas castrenses, los líderes de cada célula pueden incluso ni conocerse entre ellos. Esa es parte de la lógica militar que aseguraría la permanencia o la victoria de un grupo en tiempos de guerra, pues al caer un líder fuerte de una división o célula en particular, esto no afectaría a las demás células. En mi opinión, esto es lo que pasa con los Zetas.

Por otro lado, y continuando con el tema del lavado de dinero y de la importancia fundamental de la división de finanzas en una empresa transnacional que mueve billones de dólares por todo el mundo, pensaría que los verdaderos líderes Zetas—es decir, los miembros de su junta de directores (board of directors) o socios (partners)—serían aquellos que manejan el dinero y que lo blanquean, ya sea en casinos o en diferentes actividades dentro del sector financiero. Bajo este esquema, yo consideraría a los lavadores de dinero y a quienes permiten el negocio también como parte de los Zetas.

¿Y cómo lavarán el dinero los Zetas? Recientemente nos enteramos que los Zetas han lavado dinero en Estados Unidos en el negocio de las carreras de caballos. En mayo de este año, José Treviño Morales-(hermano del Z-40) fue condenado por un tribunal de Texas por cargos relacionados al lavado de dinero después de haber invertido cerca de 16 millones dólares proveniente de actividades ilícitas en caballos de carreras. La cobertura de la totalidad del juicio lo hizo la periodista Jazmine Ulloa del diario texano Austin American Statesman. Y la historia que más recomiendo al respecto es aquella que escribió ella junto con Melissa del Bosque para la revista Texas Observer.

Este juicio de lavado de dinero en Texas exhibe, para muchos, el grado de penetración de los Zetas incluso en los Estados Unidos. Además, se considera como un golpe contundente a las finanzas de la organización. Sin embargo, en mi opinión, y considerando las billonarias ganancias derivadas de actividades que van más allá del noreste mexicano y que se extienden a otros estados mexicanos, a Centroamérica y otras partes del mundo, yo no concedería a este juicio la importancia que se le ha dado. Hay en realidad muchas otras formas más sofisticadas de lavar el dinero.

En el año 2011 asistí a un panel en la Ciudad de México sobre lavado de dinero e hice la pregunta más básica de ¿cómo se lava el dinero? Los participantes en esa mesa de debate—entre ellos Ramón Eduardo Pequeño García, ex-jefe de la División Antidrogas de la Policía Federal en ese momento—me contestaron con argumentos que dejaron mucho que desear. Pequeño, por ejemplo, se refirió al carácter simple de los que él denominó “narcos”. Para Pequeño, los narcos eran personajes poco imaginativos y poco sofisticados “que lavaban el dinero comprando ranchos o depositando grandes cantidades de efectivo en el banco”. Cuando terminó de decir eso el encargado de las principales operaciones anti-lavado de dinero de la agencia federal mexicana, la mayor parte de los participantes nos quedamos asombrados y, por supuesto, no dimos ningún crédito a la explicación que nos fue dada.

Yo pienso que el dinero se lava de maneras mucho más originales y más seguras para los delincuentes transnacionales que trafican drogas, armas y personas, que secuestran y extorsionan, roban combustible y otros hidrocarburos, y se dedican a todo tipo de actividades ilícitas. Por ejemplo, pienso en los casinos o casas de juego sin grandes controles, como los que se encuentran en el estado de Nevada, particularmente en la ciudad de Las Vegas. También puedo pensar que el lavado de dinero se hace a través del pago de créditos y no tanto a través de depósitos millonarios (que pueden ser más fácilmente rastreables). Una forma alternativa de blanquear los flujos de efectivo procedentes de operaciones ilícitas podría ser solicitando créditos y haciendo los pagos correspondientes con dinero sucio. Estas operaciones en particular se pueden llevar a cabo a través de la banca comercial transnacional, es decir, en los grandes bancos cuyas matrices se localizan en las principales ciudades del mundo. Si así son las cosas—y suena muy lógico que así lo sea—podríamos entonces pensar o más bien sugerir, de forma “indirecta”, que los grandes bancos también se encuentran, en cierta manera, dentro de las operaciones y estructura organizacional de agrupaciones como los Zetas.

Reflexiones finales sobre la región fronteriza Eagle Pass-Piedras Negras

Al otro día de la experiencia en el Casino, nos levantamos temprano y fuimos a correr por el parque ubicado a orillas del Río Bravo en la ciudad de Eagle Pass. Recorriendo este lugar, pudimos apreciar el muro fronterizo en este tramo de la frontera, y nos dimos cuenta que está construido de un material negro, color que contrasta con el café-rojizo del mismo muro en otros tramos de la línea divisoria entre Estados Unidos y México. Las únicas personas que nos acompañaban entonces en ese trayecto, como en otros, eran miembros de la patrulla fronteriza que desempeñaban sus funciones vía terrestre o a bordo de lanchas rápidas navegando por el río.

Visitamos finalmente el centro de la ciudad con sus muy peculiares tiendas, del tipo de aquellas que se observan en muchas de las ciudades fronterizas de Texas. Después hicimos una parada para tomar fotografías del Puente Ferroviario Eagle Pass-Piedras Negras y del Puente Internacional No. 2. Así como en otros cruces internacionales que habíamos visitado antes a lo largo de la frontera Texas-México, me impresioné por el dinamismo comercial y el tremendo movimiento de mercancías a través de vagones de tren y vehículos de carga pesada.

Dejamos entonces Eagle Pass y continuamos nuestro viaje hacia el oeste. En el trayecto observamos más pozos de petróleo y de gas natural. Entonces me puse a pensar en lo que sucedía del otro lado de la frontera. En realidad, la riqueza energética de la formación geológica de Eagle Ford no termina en la frontera del lado estadounidense. Del otro lado del río existen yacimientos de hidrocarburos muy importantes, sobretodo en la llamada Cuenca de Burgos. Cabe destacar que Coahuila es también un estado de una gran riqueza mineral donde encontramos importantes yacimientos de carbón y otros recursos naturales. Pero al igual que en otras regiones fronterizas mexicanas, la riqueza mineral ha quedado atrapada en medio de los enfrentamientos entre bandas del crimen organizado.

A lo largo de estos años haciendo investigación sobre delincuencia organizada y desarrollo económico, me he dado cuenta que la violencia en México se ha concentrado en las áreas de mayor riqueza en materia de hidrocarburos: y no solo eso, estas zonas se dice que son controladas, en su mayoría, por los Zetas. En otras palabras, la violencia asociada al modelo de los Zetas, y la respuesta del estado a la amenaza de la delincuencia organizada a través de un mayor grado de militarización de la seguridad pública, se concentra en áreas de gran importancia en cuanto a la extracción actual o potencial de petróleo, gas natural, gas de esquisto o carbón.

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