Ciudad en cenizas, o cómo vivir una vida a lo gringa movie

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I suspect our city

will soon be laid to ashes

Our island city

Rowing out over the river in the dark

They have divided.

Eleni Sikelianos

EL PASO, Texas — Una sabe que las cosas no andan bien del otro lado cuando lee el periódico, lee las notas en Internet, escucha los helicópteros por las noches o los comentarios de queja, enojo o lamento en redes sociales como Twitter o Facebook. Una sabe que Ciudad Juárez lo está pasando realmente mal. Una, además, tiene el descaro de enterarse de todo esto desde la comodidad de su hogar en el otro lado, en El Paso.

No es lo mismo, en efecto, que Una se duela de lo que ocurre más allá de la línea cuando se está aquí. El tema se toca en algunas reuniones, pasillos. Un intercambio de rabia o preocupación y ya. Y mientras allá tiros, desapariciones o muertes son ya cosa de todos los días Una maneja cómodamente por el freeway. Un día son adolescentes, otro día son universitarios. Mujeres… ¿cuántas?

La línea, el río, el tiempo y la distancia no separan dos países. Nos separa, en realidad, la indiferencia. El Paso, de pronto, no parece una ciudad escondida en la montaña. El Paso es una isla. Aquí sólo se escucha que Una no debe cruzar sola, es más que una no debe cruzar  A MENOS que sea realmente necesario.

Pero Una lee el periódico, una atiende las conversaciones, una escucha los helicópteros y, a veces, sueña que escucha también los gritos y los tiros que interrumpen una vida que no es la propia y que de todos modos lo es. O al menos así lo piensa Una.

Acá, de este lado de la línea, la vida es a veces como una de esas películas gringas que tienen de soundtrack el nuevo disco de Sugar Ray o de Sublime (suponiendo que hubiera un nuevo disco de Sugar Ray o de Sublime). Acá, cuando mucho, lo que Una tiene que vivir son esos pequeños sustos que terminan con un hombre esposado en un estacionamiento por traer una pistola de juguete en las vías públicas.

Una, lo escribe en Twitter, lo comenta en Facebook, se ríe de ello.

El peligro de la ciudad que frontera con el lugar más peligroso de México (afirmación que debo decir no viene de mí sino de todos los medios que reviso diariamente) es, simple y sencillamente la ingenuidad. Acá, un hombre camina con una pistola de plástico y el mundo se detiene. Allá, las pistolas de juguete ya ni siquiera existen. Acá a la ciudad la protege la montaña, allá ¿quién?

Una, entonces, lee un poemario de Eleni Sikelianos y sospecha que nuestro mundo pronto será cenizas y la oscuridad es, últimamente, lo único que compartimos al otro lado de la reja con esa ciudad de cenizas.

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