Sobre El corazón del escorpión — La primera novela de José Manuel Palacios

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EL PASO — Hay personas que se pasan la vida entera anhelando ser escritores. Para ellas, el prestigio de la palabra ‘escritor’ es enorme y ensombrece todo lo demás. Incluso la actividad de escribir. Porque se trata —esto no lo razonan: lo sienten— de aparecer ante sí mismos y ante los demás como escritor, cuanto antes, mejor, y sin que deba mediar ningún otro esfuerzo más que el necesario para lograr una buena apariencia. Son, pues, las encarnaciones de frases ingeniosas que pretenden hollar la imaginación de sus oyentes con la imagen de genio incomprendido.

Por otro lado, están aquellas personas que desean el éxito mundano como escritores y, por tanto, se esfuerzan por componer un best seller que los haga salir del anonimato y les permita tener una generosa cuenta de ahorros en el banco. O en los bancos, según. El quid es apuntarse un best seller, y tienen el curioso mérito de realmente trabajar para conseguirlo. (En cierta manera son los dobles de los escritores que, en las antípodas, buscan la aprobación exclusiva de los críticos, ya que ésta resulta otra forma de éxito individual. Aunque, sin duda, más tortuosa.)

Carátula de la novela Corazón del escorpión. (Cortesía de José Manuel Palacios)

Carátula de la novela Corazón del escorpión. (Cortesía de José Manuel Palacios)

Por último, se me ocurre un tercer tipo de gente: es el que simplemente quiere escribir y hacerlo bien, despreocupándose, mientras están en lo suyo, de su apariencia social y del éxito mundano. Éstos prestan ojos y oídos a su terca intuición y a lo que imprimieron sus héroes, que acaso se ubiquen en el bando de los vendedores, de los clásicos o de la actual literatura culta. Da igual. Y tanto pueden ser vanidosos insoportables y cínicos cantamañas, como generosos y nobles cual si fuesen caballeros andantes: a fin de cuentas, no interesa. Lo que importa, por sobre todas las cosas, es que anhelan escribir bien y, por consiguiente, no quieren ser inferiores a sus modelos. Y a su aire, arrastrados, insisto, por las ganas de contar una historia de la mejor manera posible.

Pues bien, a este tercer grupo pertenece, en mi opinión, José Manuel Palacios, y lo prueba la primera novela que ha escrito en toda su vida: El corazón del escorpión.

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El tema de El corazón del escorpión es ilusoriamente sencillo: trata de un boxeador que, después de conocer la mayor de las fortunas, cae hacia lo más bajo de la escala social, seducido por las drogas y el alcohol y derrotado por sí mismo. Por eso entiendo que el reto de José Manuel Palacios haya sido esquivar el lugar común, el agotamiento de una sola voz narrativa o la estructura fácil. Y creo que logró superar ese reto piezando diversas voces narrativas, edificando una estructura de vasos comunicantes, insertando mudas espacio-temporales y, sobre todo, dosificando la ambigüedad moral, la indesmayable lealtad y el simple patetismo de los personajes sustanciales: el ex campeón mundial Milton Olivella, su hijo, el entrenador Jhonny (sic) Pitalúa y el periodista Alberto Salcedo Ramos. Cada cual, con la excepción del último, muestra sus puntos de vista mediante el uso de la primera persona. Y cada cual exhibe una marcada idiosincracia.

La historia de Olivella se basa en la vida del célebre Antonio Cervantes, ‘Kid Pambelé’, el único campeón mundial colombiano y uno de los más grandes boxeadores de todos los tiempos. El punto de partida de la novela estriba en el interés de Salcedo por conocer aún más los pormenores de la mayúscula debacle de Olivella. Y, según creo, la elección de la primera y tercera persona para enfocar el punto de vista del personaje Salcedo resulta bastante atinada.

Por otra parte, lo arriesgado del trabajo de J. M. Palacios se pone en evidencia con su decisión de utilizar reales textos periodísticos para dar mayor verosimilitud a su trama: el escritor se aventuró a copiar literalmente algunos pasajes de la crónica que el verdadero Salcedo Ramos publicó en la editorial Debate en el año 2003 con el título El oro y la oscuridad. La vida gloriosa y trágica de Kid Pambelé. Pero su atrevimiento dio resultado. Palacios consiguió, en efecto, una ampliación del registro de voces y, desde luego, un anclaje más enérgico en la realidad.

Este usufructo de los textos de otro escritor no puede llamarse plagio. Al menos, no en el caso de El corazón del escorpión, porque la autoría de dichos textos explícitamente se adjudica a Salcedo Ramos. Y aunque es claro que en la novela se trata de un personaje, las referencias al periodista de carne y hueso (tienen el mismo nombre y apellidos) nos indica que estamos delante de una técnica intertextual. Y es mediante aquella técnica que la novela adquiere una nueva dimensión de significados.

Pongo algunos ejemplos. En la página 12 de El corazón del escorpión se puede leer, en referencia a Milton Olivella, la transcripción de un fragmento del capítulo 1 del libro de Salcedo:

“En Barranquilla le pegaron con un tacón puntilla por limpiarse las manos en el vestido de un maniquí. En Cali un ganadero le ofreció un mazo de billetes con tal de que se fuera rápido de la plaza de toros. Se volvió inquilino asiduo de calabozos y hospitales. Lo vieron sin dientes en Armenia y sin zapatos en Tunja. Lo vieron y lo vieron y lo vieron y lo vieron”. Etcétera.

Y este fragmento se ensambla perfectamente con el monólogo del hijo de Olivella, que sigue al cabo de muchas líneas, entre las páginas 16 y 17 de la obra de Palacios:

“Sólo te digo una cosa: uno vale por lo que tiene. Eso es así, lo sabe todo el mundo. Después que no me vengan con cuentos de que es una gran persona cuando está sobrio y que le puso luz eléctrica a Palenque y que es un hombre muy admirado y respetado en el mundo del boxeo; a nadie le importa si fuiste campeón mundial o si fuiste más rico que el Papa, si ahora no tienes nada, no vales nada, me parece”.

También los significados se enriquecen con estos tres párrafos, sacados al azar y narrados desde el punto de vista del personaje Jhonny Pitalúa en la página 21:

“Y yo dije: ‘Fue el primer consejo que le di, primo, que no confiara en nadie, aquí todo el mundo te quiere robar o te quieren hacer caer porque te tienen envidia’.

”Y el negro Espinosa dijo: ‘Así es, viejo Jhonny, no puedes confiar ni en tu madre, ni en tu propia madre. Pero así es la vaina, viejo Jhonny, parece que no le quieren entregar toda la plata que le ofrecieron’.

”Y yo dije: ‘Otro kibbe y otra avena. ¿Tú quieres algo más?’”.

*****

Conozco a José Manuel Palacios desde hace cuatro años, poco más o menos. Admiro su integridad, su cultura, la pasión con que defiende sus ideas y la alegría con que sabe vivir sin perder de vista los problemas e injusticias de nuestro mundo. Ama la diversión, pero no sé de muchas otras personas que sean tan voluntariosas como él a la hora de escribir. Esta capacidad de autodisciplina en el trabajo (porque es un trabajo y una disciplina libremente elegidos) han hecho de José Manuel un auténtico creador. No me cabe duda.

José Manuel estudió física en Colombia, una maestría en Creative Writing aquí en UTEP y ahora va por su segundo año en un doctorado en Hispanic Studies en la Texas M&A University. Hace un par de noches conversé con él por Internet. Gracias a esta plática supe que El corazón del escorpión es una novela que vino gestándose desde siete años atrás y que su embrión fue un cuento. Le pregunté porqué había insistido tanto tiempo en el tema y me respondió que no podría identificar con exactitud la causa. “Es como cuando uno sabe que no ha terminado de hacer el amor”, me dijo. “No es una ecuación lógica. Uno lo sabe, simplemente.” El método que siguió desde entonces fue el de toda la vida: ensayo y error. Y lecturas y más lecturas. En ese sentido, la maestría en UTEP le concedió el tiempo indispensable para su investigación creativa. Muchos más libros a la mano, más discusiones literarias, más horas escribiendo frente a su computador. Cuajando vocación con voluntad, concibiendo las voces en primera persona, desesperándose por no entrever satisfactoriamente el equilibrio de su novela en ciernes. Hasta que descubrió la crónica de Salcedo Ramos y dio con la solución a sus problemas narrativos. Éste era el punto de vista que faltaba para distanciarse de la subjetividad del personaje principal y hacer creíble su historia. Sin él, quizá Olivella se movería entre lo ridículo y lo especialmente patético. Con la voz de Salcedo, en cambio, el personaje del ex campeón mundial cobró tintes de tragedia.

Asimismo, resultan esenciales los contrapuntos que significan los personajes de Johnny Pitalúa y el hijo de Olivella. Sus voces discurren con la fluidez del lenguaje popular. Franco y dicharachero en el caso de Jhonny; ladino y resentido, en el del hijo. Justos complementos del reducido universo del ex campeón mundial, cuya voz narrativa nunca es pacífica sino exaltada, encandilada por el vértigo de su muerta gloria.

“Las voces en primera persona salieron fáciles”, me dijo José Manuel. “La voz en tercera persona fue muy difícil de construir. Aunque, en realidad, lo más difícil para mí fue combinar todos los detalles, las historias y las voces.” Entonces, cuando le pregunté qué había sido lo más placentero de su trabajo, me respondió: “Combinar todos los detalles, las historias y las voces”. Así, con gesto de palo. De manera que al principio pensé que me estaba chanceando (“mamando gallo”, como dicen en Colombia), pero después lo comprendí perfectamente. Esta novela había esperado entre bambalinas durante siete años, y una vez que Palacios intuyó el orden de todas las piezas corrió ya todo sobre ruedas. De aquí que la versión final sólo le exigió a José Manuel una semana y media. Se había contado a sí mismo tantas veces esta magnífica historia, al revés y al derecho, que al fin la pudo relatar de un tirón.

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3 Comments

  1. otro peruanito en la lista de profesores en literatura, cuando vamos aber mas profesores mexicanos en todo esto?

  2. César Silva-Santisteban

    Estimado señor (o señorita) «Yonose»,
    me animo a escribirle solo para librarlo (o librarla) de un error: no he sido ni soy profesor de literatura en UTEP. Solamente trabajé, sí, como profesor de castellano —o español, como usted prefiera— y además dicté un curso llamado Civilización Hispanoamericana. Ahora bien, le ruego que evite el menosprecio en sus comentarios, ya que es de mal gusto en alguien que pretende adquirir libertad de pensamiento y cultura en la universidad. En este caso, bastaba con redactar educadamente su propuesta, y quizá hacerla en inglés, ya que me parece que es su primera lengua.
    Atentamente,
    CSS

  3. Tatiana Mejía on

    Me alegro que una persona decente le baje a los comentarios desobligantes de todo el que se cree con derecho de escribir “cualquier cosa”.
    Ojalá contar con profesores de semejante calidad.

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