La Revancha del Sicario

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Soy colombiano. Una nacionalidad que llama la atención de los guardias de seguridad en los aeropuertos del mundo, que despierta la envidia de los cocainómanos de todas partes. Crecí en medio de la violencia del narcotráfico. ¿Algunos recuerdos de mi niñez?: cadáveres destrozados por el bombazo del día; un avión de pasajeros incinerado como si fuera de papel; cuatro candidatos presidenciales eliminados uno tras otro, en un dominó que nadie sabía donde iba a acabar. En determinado momento decidieron ponerle precio a la cabeza de los policías: mil dólares por muerto.

Vivir en el Paso, a unos metros de Ciudad Juárez, es vivir un déjà vu. Una perplejidad que demanda discernir entre dos realidades, porque a pesar de la evidencia, México no es la Colombia de los ochenta. La narco-cultura, por ejemplo, ha tenido un peso específico en los dos países. ¿Pero las maneras en que se ha desarrollado son comparables? Un caso son los narcocorridos: la punta de un iceberg aún por descubrir en México. En el caso colombiano, la manera como habla mi generación hace parte del mismo fenómeno. De eso trata esta columna.

El narcotráfico colombiano coincidió en el tiempo con la descomposición social de las ciudades. Eso hizo que los perpetradores materiales de muchos de los actos violentos provinieran de la generación de jóvenes criados en los barrios más pobres, especialmente de Medellín. Eran los hijos de las migraciones que habían engrosado los cinturones de miseria en las ciudades unas décadas antes, empujadas por la violencia en el campo.

Estuvieron condenados desde el principio. No porque en su sangre bulleran antiguas tropelías, sino porque las ciudades a las que llegaron fueron incapaces de integrarlos exitosamente. Los sicarios colombianos de los ochenta y noventa, mis compañeros de generación ahora muertos, en la cárcel, o condenados aún al olvido y la desidia, fueron sólo el penúltimo eslabón de una sociedad desigual y excluyente desde siempre.

No solo ejercían la violencia: también eran depositarios de un catolicismo paradójico, de un resentimiento atávico, de unas costumbres particulares. A su vez, como no, hablaban. Hablaban fuerte. Con una jerga especial que se había estado formando al crisol de la migración y la marginación, en las montañas de Medellín, desde mucho antes de que nacieran. Parlache, se llama. Si han escuchado a un colombiano de mi edad sabrán de lo que hablo: parce, gonorrea, marica son palabras que hacen parte del vocabulario normal de cualquiera de nosotros y cuyo origen se encuentra en esa jerga.

Eso es lo fascinante de toda esta historia: fue el parlache el que definió con sus vocablos, cadencias y simbología la forma en que los hijos de la clase media, de la clase dirigente, de los políticos, todos, hablan en Colombia. En determinado momento el lenguaje de los desheredados conquistó a la sociedad entera. Y mi generación lo adaptó como suyo. Empezamos a hablar como sicarios. Sucedió en algún momento en los ochenta o noventa, ni yo estoy seguro, pero el fenómeno en si mismo constituye uno de los ejemplos más contundentes de justicia poética, o simple justicia, en Colombia.

Pues es un hecho que la excluyente sociedad colombiana tuvo desde siempre una fascinación especial por el lenguaje. El buen uso del lenguaje. A finales del siglo diecinueve pulularon los presidentes gramáticos. Miguel Antonio Caro fue uno de ellos: conservador, católico ultramontano, hispanista, él redactó prácticamente solo la constitución de 1886. Aún así encontró tiempo para escribir y publicar una gramática del Latín. No fue el único en hacerlo. No sería el último.

Todo sucedía en Bogotá, una ciudad a la que aún se le conoce como la Atenas Suramericana (aunque ese rótulo tenga más de sarcasmo que de otra cosa), y cuyos habitantes se precian de hablar el mejor Español del mundo. En Colombia el modelo social desigual y la corrección lingüística fueron siempre de la mano. Se reforzaron uno al otro, en una relación donde la manera de hablar sirvió como signo de distinción.

De allí la justicia del fenómeno. Lo que el poder del fuego nunca logró lo alcanzó la tenacidad del lenguaje: apropiarse del último reducto del poder ancestral de la clase dirigente. Defenestrar el habla correcta.

Ni los presidentes han sido ajenos al fenómeno. El anterior, Álvaro Uribe Vélez, habla por sí mismo. En una conversación telefónica salida a la luz pública reconviene de esta manera a un asesor sospechoso de corrupción: ¡Estoy muy berraco con usted, y si lo veo le voy a dar en la cara marica!

Jaque Mate, Miguel Antonio.

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Nota del editor: Esta columna se publicó previamente en SomosFrontera.com

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3 Comments

  1. Roberto Perezdiaz
    Roberto Perezdiaz on

    Lo repito porque otros lo han dicho antes, como Antonio Alatorre y Edel Romay: “La realidad solo existe en el lenguaje.” Antes del “verbo” no había nada…

  2. Triste saber que hay personas que solo guardan en su corazón los recuerdos tristes, estoy segura que a tus 32 años no fuiste suficiente testigo de lo que cuentas de tu infancia, eras un niño pequeño, pero cómo no!! para seguir tu camino de nuevo gringo qué mejor que hablar mal del país que te ayudó a crecer, qué mejor que seguir propagando el estereotipo del colombiano narcotraficante o sicario, no hay otro camino especialmente si eres paisa.
    Para sobresalir no es necesario hablar mal de tus hermanos y mucho menos de la XXXXXXXXXXX.
    Colombiana

  3. People against Wind Zero on

    ¡Felicitaciones por tu artículo!
    Se necesita ser valiente para escribir sobre este tema. La verdad es que el sicariato se ha extendido, con el desplazamiento ha migrado a otros países vecinos como Ecuador y Colombia. El mal llamado Plan Colombia y el Plan Merida han sido estrategias para controlar nuestros países, las armas del siglo XXI van al Sur ya sea de contrabando o por medio de compras lícitas, nuestros pueblos están aterrorizados con todo el sicariato y el crímen organizado. Lamentablemente todo empezó en Colombia y se ha extendido a los demás países latinoamericanos porque se han visto en la necesidad de buscar nuevas rutas. Que se legalice la droga y verá como todo este circo impuesto por Norteamérica y los gobiernos de turno se acaba, esa es la solución. La lucha en contra del Narcotráfico está poniendo a nuestras democracias débiles en riesgo, se confunde al bandido, al sicario, con el estudiante, con el maestro que tiene conciencia e ideas progresistas.

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