¿Me caso y me quedo? El dilema de Berta

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En silencio nos sentamos en el muelle mientras el sol nos azotaba, el viento nos volaba el cabello en la cara mientras los turistas se tomaban, ningún reparo, sus selfies teniendo de fondo a la costa de California.

El álgido tema de la conversación que yo y mi mejor amiga Berta* manteníamos nos hundió en la nostalgia, mientras contemplábamos la incertidumbre del futuro.

“No sé qué va a pasar”, dijo Berta. “Pero voy a resolverlo, siempre lo hago”.

Berta es una estudiante auspiciada por DACA. Nos conocimos en nuestra pequeña ciudad natal en Iowa durante las prácticas de la banda de música de la escuela. Ella me invitó a su fiesta de quinceañera donde lució un vestido hermoso, muy elaborado, de colores morado y negro. Fue para mí, la primera auténtica experiencia con la cultura mexicana. Recuerdo que bailé toda la noche.

Nos hicimos muy buenas amigas. Trabajamos juntas en el mismo restaurante durante la escuela secundaria y pasamos innumerables horas conduciendo de arriba a abajo de la First Avenue mientras escuchábamos nuestros CD favoritos. Inclusive Berta y su madre, Rita*, me acogieron en su casa cuando en una oportunidad, no tenía dónde vivir.

Rita llegó a los Estados Unidos cuando Berta era bebé, y trabajó interminables horas como camarera en un restaurante mexicano de nuestra ciudad solo para darle a su hija una vida mejor. Mis años de adolescencia con Berta son algunos de los mejores recuerdos de mi vida.

Me rompió el corazón cuando ella se mudó a San Diego en 2015 para ir a la universidad. Como beneficiaria de DACA, planeaba vivir con su familia allá hasta que pudiera solicitar la residencia en California al término de un año, y así poder pagar la universidad al costo de una residente del estado. A pesar de vivir en los EE. UU. desde 2002, las universidades de Iowa le habrían cobrado su matrícula universitaria como estudiante internacional —lo cual es sumamente costoso— sin importar que había vivido allí toda su vida. 

Desde niñas siempre sentí curiosidad por la situación de Berta, y con frecuencia le preguntaba: “¿Por qué tienes que tener un permiso para trabajar? ¿Por qué tu mamá no puede irse de la ciudad? ¿Por qué pagas tu alquiler con efectivo?”

Finalmente me contó que cuando su madre la trajo a Estados Unidos dejó que sus visas expiraran para nunca más regresar. 

Ahora todo tenía sentido. De repente entendí por qué Berta estaba tan decidida a trabajar tan duro todos los días para nunca decepcionar a su madre.

A menudo bromeábamos mientras estábamos sentadas en los columpios de un parque local, o nos quedábamos despiertas hasta altas horas de la noche, riéndonos y viendo YouTube en nuestra cama compartida, jugueteando con la idea que algún día podríamos casarnos ella y yo para que ella pudiese convertirse en ciudadana estadounidense. 

“Podríamos convencer a ICE que estamos enamoradas porque hemos sido amigas durante tanto tiempo, y tenemos publicaciones en redes sociales que documentan nuestra relación”,  solíamos bromear con toda libertad sobre un tema tan serio.

Pero cuando pasamos juntas ese día del pasado marzo en San Diego, luego de no habernos visto por casi dos años, tal comentario ya no era una broma graciosa. Berta está seriamente considerando casarse con su novio que tiene desde hace un año para poder quedarse en los Estados Unidos. Solo así podrá asistir a la Universidad de California cuando su DACA expire en el 2019. 

Me parece injusto e inhumano que una joven de 20 años necesita considerar recurrir al matrimonio para permanecer en el país en el que fue criada, un país en el que ha recibido educación, trabajando y pagando impuestos durante años.

Como ya sabemos, el ataque actual de la administración presidencial contra la inmigración está obligando a otras 800,000 personas como Berta a considerar sus opciones: dejar los Estados Unidos para regresar a su país de nacimiento— un lugar en el cual muchas veces no tienen conexión, o contraer matrimonio con un ciudadano estadounidense.

El presidente Donald Trump utiliza las redes sociales para referirse a DACA como un trato que se intercambia y no como un salvavidas que protege de la deportación a más de medio millón de jóvenes. Es como si los logros académicos, el demostrado trabajo y sus historias individuales tuviesen poco o ningún significado. Ellos llegaron a nuestro país sin haberlo pedido y crecieron aquí. Esta casa es su casa. En cambio, estos jóvenes como Berta se ven reducidos a estereotipos en el debate sobre inmigración que se desarrolla en las redes sociales.

Como país, debemos hacer frente a esta injusticia escribiendo cartas, correos electrónicos y llamando a nuestros representantes para luchar por DACA. Apenas haces unos días, el estado de Arizona tomó la decisión de negar a los beneficiarios de DACA la matrícula estatal en las universidades. No podemos resolver este problema a nivel federal si los estados de la nación no luchan por los cientos de miles de empleados jóvenes, estudiantes y niños que no tienen documentos.

* Los nombres han sido cambiados por motivos de privacidad.

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