Un día en la vida de un niño Tarahumara

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Alumnas de la Escuela Bilingüe Tarahumara portando el uniforme durante receso.

Alumnas de la Escuela Bilingüe Tarahumara portando el uniforme durante receso.

Cd. JUAREZ — Con un amanecer no muy diferente a los demás, el contorno de la montaña ya visible gracias a los primero rayos de sol, una briza fresca y el constante abrir y cerrar de puertas de acero anuncian que ha comenzado el día. El día de un niño tarahumara comienza cuando la luna aun es visible y la claridad de la mañana empieza a iluminar cada espacio de la comunidad.

Las madres de la comunidad tarahumara son las primeras en despertar. A las 4 a.m. la mayoría ya está en el comedor ayudando a preparar el desayuno de cada día. Cerca de las 7 de la mañana los niños son despertados por sus mamás quienes salen por un momento del comedor para alinear a sus hijos. Los niños más pequeños se levantan más tarde y tienen la dicha de desayunar en casa y poder disfrutar de un platillo caliente traído desde el comedor por su madre o en algunos casos, por su hermana mayor.

Chabelita, una niña de la comunidad Tarahumara con tan solo 11 años de edad, es despertada por su madre Herminia puntualmente 15 minutos antes de las siete de la mañana. Con los ojos aún lagañosos y un poco adormilada, Chabelita comienza su día lavándose la cara para refrescarse y poder despertar y estar llena de energía. Según Herminia, como todo niño, a veces se salta este paso y se dispone a cambiarse la ropa de dormir por el uniforme.

Dicho uniforme consta de características similares del típico traje Raramuri, una falda tradicional color rojo vivo de doble vuelo, con un bies azul rey brillante que le adorna el dobles de la falda que le llega casi al talón, y un blusón de manga aglobada, cuello redondo y dos franjas de bies a la altura del pecho con popelina del mismo color. Todo hecho a mano por su madre, quien comentó que una falda de doble vuelto consume aproximadamente un mes para hilvanarla y estar lista para usarse.

Gentilmente la madre cepilla y recoge en una coleta el cabello de Chabelita. Antes de partir, sentada en el piso toma sus huaraches y se los pone con delicadeza ya que se le desgastan muy rápido y para los Tarahumaras es muy difícil conseguir zapatos. Muchas veces el zapato no sienta adecuadamente, a menudo es un par de tallas más grande o suele ser un poco ajustado. Ya lista para dirigirse al comedor y al salir de su casa, el sol ilumina las caritas de niños que van en camino hacia el comedor, y la brisa matutina les va quitando el sueño gentilmente. En grupitos de pocos niños van llegando y Chabelita se une a ellos.

Al entrar al comedor, la luz que atraviesa por la puerta ilumina los rostros de los niños que están desayunando y el olor a tortilla de harina recién hecha llena el lugar. Chabelita pasa al costado de las azules y muy brillantes pero desgastadas sillas del comedor, dirigiéndose al fondo y subiéndose a un templete de madera quedando enfrente de la cocina encarando a la hermana de Rosalinda.

La hermana encargada de hacer las tortillas, le sonríe mientras aplana las bolitas de masa con un rodillo y las pone sobre el comal, volteándolas constantemente para que no se quemen. Chabelita alcanza a ver a su mamá al fondo de la cocina enseguida de las ollas de frijoles y de sopa. Herminia, en cuanto la ve, toma un plato y lo llena de humeantes frijoles, un cucharada de sopa de espagueti junto con el guisado del día y lo lleva hasta la barrita por donde se asoma su hija, tomando un vaso de avena caliente y una leche con chocolate. Saboreándose su plato, voltea a ver donde sentarse, finalmente toma su tiempo y disfruta de su platillo.

En el comedor es una regla que al terminar de comer los niños se acerquen al zinc a lavar su plato, vaso y utensilios. Chabelita no es la excepción. Una vez que terminó, se dirigió a hacer la labor de lavar su plato. Poco a poco, el seca vajillas se llenaba de platos y vasos de múltiples colores entre rojos, azules, verdes y amarillos resaltando en la esquina de la cocina.

Se escucha el abrir y cerrar de las llaves de los lavabos de los niños, ya que la higiene es muy importante y la inculcan en los niños desde pequeños. Lo que llama la atención es una hilera de múltiples cepillos coloridos que cuelgan sobre un marco de madera que encierra un espejo en forma rectangular con el tamaño perfecto para los niños. Cada cepillo tiene el nombre de cada uno de los niños, para evitar equivocaciones y en cuatro pequeños lavabos de cerámica blanca los niños toman su cepillo y con una embarrada de pasta dental se lavan los dientes. A los más pequeños les gusta estarse minutos lavándose los dientes mientras se contemplan en el espejo, otros juguetean mientras se los lavan y los más grandes propiamente se acercan, se los lavan y se van.

Y como dice un dicho mexicano “Panza llena corazón contento”, saliendo del comedor Chabelita y los niños se dirigen a la escuela, caminando sin prisas por la colina polvosa y llena de piedras que va de subida. En la escuela bilingüe a la que asisten, los niños se forman haciendo una pequeña marcha, se dan los avisos y después por grupos se dirigen a los salones respectivos. Chabelita, cursando 6to año de primaria, recibe a su maestra con un par de burritos que trajo del comedor y le ayuda con sus materiales para entrar al salón, el cual tiene una placa otorgada por el gobierno con la leyenda de que el Presidente Municipal había hecho entrega del aula a la Escuela Bilingüe Tarahumara.

El programa que siguen no es muy diferente a las demás escuelas públicas; consiste en el programa oficial de la Secretaria de Educación Pública y así mismo, el programa bilingüe Tarahumara en el cual se enseña al estudiante el idioma, las costumbres, las plantas medicinales, las reglas de su comunidad y los juegos tradicionales, como la Arihueta y La Bola. La competencia es dura al jugar las mujeres.

El Tarahumara reconocido por su agilidad y rapidez es un exponente crucial para este juego, y las niñas recorren desde lo alto del cerro hasta la entrada a la comunidad lanzado los aros y atrapándolos con las varas, apostando las faldas, cuyo valor es alto y ganar las lleva a ser las mejores. En cuanto a La Bola, son pequeñas pelotas talladas de madera que se patean con la punta del pie y así se hace un conteo entre los equipos. En el receso los niños usualmente juegan al trompo y las niñas pasean por la explanada de la primaria platicando y riendo. Al igual que en todas las escuelas vuelven a sus labores después del descanso y es así un día en la vida de un niño Tarahumara.

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