23. Rezar por cucharas: Prayers for the Stolen de Jennifer Clement

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50 LIBROS/ 50 BOOKS: Mujeres y sus historias

“We were like rabbits that hid when there was
a hungry stray dog  in the field,
a dog that cannot close his mouth…”
Jennifer Clement

 

Recién terminé de leer Prayers for the Stolen de Jennifer Clement y no puedo dejar de pensar en ese camino emocionalmente sinuoso que la autora tuvo que recorrer. Después de pasar diez años entrevistando a mujeres que de un modo u otro han sido víctimas de la violencia, ya sea porque perdieron a sus hijas, porque terminaron en la cárcel o porque sobrevivieron uno de los tantos eventos de esta larga narco-guerra en México, para Clement no había más remedio que la novela. Esta novela.

Clement, Jennifer. Prayers for the stolen. New York: Hogarth, 2014.

Clement, Jennifer. Prayers for the stolen. New York: Hogarth, 2014.

“The best thing you can be in Mexico is an ugly girl” dice Ladydi una jovencita que explica cómo su madre le corta el cabello corto, cortísimo y le pone carbón en la cara y los dientes para que se vea fea. Verse fea puede ser su salvación. Esta es la historia de Ladydi García Martínez la protagonista de Prayers for the Stolen, quien crece en un pueblo de Guerrero sabiendo que “all the drug traffickers had to do was hear that there was a pretty girl around and they’d sweep onto our lands in black Escalades and carry the girl off”.

Prayers for the Stolen explora uno de las más terribles situaciones que enfrenta México: el secuestro y prostitución de niñas y jovencitas a manos de los carteles. Para contar esta historia, Jennifer Clement elige una perspectiva de niña-adolescente. Autoras como Dorothy Allison en Bastard out Caroline, Heidi W. Durrow en The Girl Who Fell from the Sky, Wendy Guerra en Todos se van, entre otras, se han puesto a sí mismas el riesgo de utilizar una voz joven para narrar las más crudas realidades. El de Jennifer Clement es un relato mordaz, poético y resueltamente humano de lo que significa entrar de golpe y a golpes en el mundo adulto.

Ladydi García crece sabiendo que existen los traficantes, que hay que enterrar de inmediato el cuerpo del desconocido que apareció cerca de casa; Ladydi crece escondiéndose al primer sonido de un helicóptero porque en vez de regar insecticida en los plantíos de mariguana lo harán sobre su pueblo porque claro, fumigar los campos de los narcos es demasiado riesgoso. La jovencita vive con su mamá en una montaña donde no hay hombres porque “Our men”, dice, “crossed the river to the United States. They dipped their feet in the water and waded up to their waists but they were dead when they got to the other side”.

Y si el contexto en el pueblo no es fácil, el de casa tampoco lo es. Su madre es una dura mujer alcohólica cuya misión no es pintar el mundo de rosa sino enseñarle en toda ocasión que este es un país en el que las mujeres pierden a sus hombres, sus hijas son robadas y sus hijos se marchan.  También le enseña a rezar pero, eso sí, a rezar a su modo: “Don’t ever pray for love and health, Mother said. Or money. If God hears what you really want, He will not give it to you. Guaranteed”. Así pues, cuando el padre las dejó Ladydi simplemente se arrodilló y rezó por cucharas.

El pueblo en el que Ladydi y su madre viven está en medio de la nada y, sin embargo, en el centro de la violencia mexicana. Aquí las mujeres enseñan a sus hijas a lucir feas y, para su seguridad, cavan hoyos cerca de sus casas para que éstas se escondan al primer sonido de una camioneta. Esos son los únicos hombres alrededor, los que llegan un día en grandes autos para arrastrar a las niñas a una vida de esclavitud. Niñas de las que no se vuelve a hablar. Niñas que no han de volver. Excepto Paula.

Paula, una de las amigas de Ladydi, no alcanzó a llegar a su hoyo y fue secuestrada por más de un año. Milagrosamente, logra escapar y encuentra su camino de regreso a casa. Lo que Paula no encuentra es el camino de regreso a sí misma. Paula es otra. El único relato de lo que le ocurrió en ese año es el que se asoma en su cuerpo: siete aretes que cuelgan de su oreja izquierda, un tatuaje que dice Cannibal’s baby y las quemaduras de cigarro en sus brazos. De estos, por cierto, sí habla. Paula le explica a Ladydi que se los hizo ella misma, que se los hizo como lo hacen todas las mujeres que son secuestradas porque “If we’re found dead someplace everyone will know we were stolen. It is our mark. My cigarette burns are a message”.

Aunque Ladydi logra escapar del secuestro, y todo lo que esto conlleva, su destino también está marcado por la desgracia. Sin saberlo se ve involucrada en una venganza que la arrastra hasta la cárcel cuando ni siquiera ha cumplido los dieciocho años. Es en la cárcel donde ella, y el lector, descubren que en otros pueblos, en otras ciudades, en otros países el destino de las mujeres es tanto o más cruel. Luna, su compañera de celda, dejó su país y en ello perdió un brazo y perdió su libertad. Luna dejó Guatemala porque:

… I wanted to have dollars. I hated my life in Guatemala. Luna said.

It was bad?

My husband beat me every day. Ho. He did not beat me. He slapped me across the face. That’s what he did. Slap, slap, slap. All day long. My cheek became a part of his hand.

So you came alone?

Yes, Luna answered. I thought anything was better than that, But I was wrong.

Yes, you were wrong.

El lector encontrará en Prayers for the Stolen un triste-hermoso lenguaje poético que sirve de andamiaje para abrir la discusión sobre la irrefrenable violencia de género. Jennifer Clement construye una poderosa narrativa que recrea la alarmante realidad que a veces nos negamos a creer. Y es que parecería que en México no hay más remedio que rezar por cucharas.

Clement, Jennifer. Prayers for the stolen. New York: Hogarth, 2014.

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