La clausura de cantinas tira una flecha mortal a la vida nocturna del Centro Histórico de Cd Juárez

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Miguel Ángel Silerio Mendoza vive de la renta de dos puestos de venta de yerbas medicinales situados en el frente de lo que fuera su cantina Cruz Blanca. (Miguel Ángel Silerio Ortega/Borderzine.com)

Miguel Ángel Silerio Mendoza vive de la renta de dos puestos de venta de yerbas medicinales situados en el frente de lo que fuera su cantina Cruz Blanca. (Miguel Ángel Silerio Ortega/Borderzine.com)

CIUDAD JUÁREZ  – Encargado de la cantina llamada Cruz Blanca, la cual tuvo su apogeo durante la segunda mitad del siglo pasado, Miguel Ángel Silerio Mendoza hoy simplemente se encierra con cadena y candado en ese establecimiento donde aún se conserva el recuerdo, la barra y algo de mobiliario, no así los servicios de luz, agua y gas que permanecen cortados.

“Las autoridades nos dieron el tiro de gracia en lugar de ayudarnos”, expresa molesto Silerio al recordar la ruina que trajo para decenas de cantinas ubicadas en la Zona Centro de Ciudad Juárez, un operativo de inspección que las autoridades locales emprendieron a mediados del año pasado.

Actualmente su único sustento proviene de la renta de dos puestos para la venta de yerbas medicinales, ambos situados a las afueras de la cantina, a su vez ubicada a espaldas del Mercado Cuauhtémoc.

De la renta de cada uno cobra 100 pesos.

La Cruz Blanca fue la principal fuente de ingresos de la familia Silerio y es una de las tantas cantinas clausuradas por la autoridad durante el año en curso.

Fue a partir del viernes 11 de mayo, cuando el Gobierno Municipal de Ciudad Juárez inició la inspección de más de 300 establecimientos dedicados a la venta de bebidas embriagantes. El operativo se realizó aquí  y la ciudad de Chihuahua para después extenderse a Parral.

De acuerdo a cifras oficiales, tan sólo en estas tres ciudades se concentra 65 por ciento de las cantinas de todo el estado.

Supuestos incumplimientos a las normas de seguridad (entrada de menores, salidas funcionales de emergencia y apertura de los locales fuera de horario, uso de suelo, aforo, falta de documentación, falta de medidas de seguridad e higiene, falta de dictamen de Protección Civil, nombre distinto en la licencia que en los documentos del propietario, deterioro en el local, entre otras), motivaron a la oficina de Gobernación Estatal y a la Fiscalía del Estado Zona Norte a clausurar 112 cantinas en el primer fin de semana del operativo.

Lo poco que queda del mobiliario de Cruz Blanca muestra el deterioro del local. Muchas de las cantinas en el Centro Histórico de Ciudad Juárez están en similar estado. (Miguel Ángel Silerio Ortega/Borderzine.com)

Lo poco que queda del mobiliario de Cruz Blanca muestra el deterioro del local. Muchas de las cantinas en el Centro Histórico de Ciudad Juárez están en similar estado. (Miguel Ángel Silerio Ortega/Borderzine.com)

De ese total de establecimientos, 55 fueron cerrados en Ciudad Juárez, entre ellas la cantina Cruz Blanca.

La clausura masiva provocó descontento entre los propietarios y trabajadores de los negocios que se manifestaron en las instalaciones de las Oficinas de Gobierno el 15 de mayo de 2012.

Los comerciantes dicen enfrentarse a una situación económica complicada que probablemente no les permitirá reubicar sus negocios, como les sugirió Gobernación Estatal.

Durante los últimos años, el Centro Histórico de Ciudad Juárez ha experimentado un rápido deterioro en lo que respecta a seguridad pública y actividad comercial que solía desarrollarse, pese a ser una de las zonas mayormente transitadas y concurridas de la ciudad.

Asimismo, la Zona Centro ha sido espacio para la expresión diversa del descontento social y la manifestación política, como tradicionalmente sucede durante y al concluir los comicios electorales, así como escenario de los delitos, en los que se han visto involucrados tanto civiles como agentes de la Policía Municipal, estos últimos acusados por presuntas violaciones a los derechos humanos.

Operativo de inspección de cantinas en la Zona Centro

Los días viernes 11, sábado 12 y domingo 13 de mayo de 2012, la Administración Municipal, la oficina de Gobernación Estatal y la Fiscalía del Estado Zona Norte, emprendieron un operativo de revisión a los llamados giros negros del centro histórico de la ciudad.

El resultado fue la clausura de alrededor de 112 cantinas en Ciudad Juárez y Chihuahua. En la ciudad fronteriza el número de negocios clausurados alcanzó los 55, de los 80 que fueron inspeccionados en tan sólo tres días del operativo.

Ángel Olivas Rico, entonces encargado de la oficina de Gobernación Estatal, anunció durante la tarde del lunes 14 de mayo la clausura de cabarets y cantinas de la zona centro, “por operar de manera ilícita y no contar con documentos y licencias vigentes para la venta de bebidas embriagantes”.

No sólo fueron las supuestas irregularidades con que operaban las cantinas las que llevaron a Olivas Rico a determinar el cierre masivo, sino la intención de disminuir la delincuencia, los crímenes de género y la violencia en la zona centro de la ciudad.

Al menos oficialmente esa fue la justificación coincidente entre las autoridades de los dos niveles de gobierno local en su ‘cruzada’ contra el delito y la ilegalidad.

Por su parte, Ernesto Jáuregui Venegas, cabeza de la Fiscalía Especializada en Atención a Mujeres Víctimas del Delito por Razones de Género, declaró públicamente que el cierre de más de 55 cabarets en la zona Centro, incidiría de manera directa “en la prevención de crímenes de género, como las violaciones, la trata de blancas y las desapariciones forzadas”.

Wilfrido Campbell Saavedra, titular de la Dirección de Gobernación del gobierno del estado, a su vez declaró a la prensa nacional que a raíz de esos operativos, estas modalidades delictivas habían comenzado a disminuir en la entidad.  Además, advirtió que la revisión de bares y cantinas sería permanente en el estado.

Sin embargo algunas de las personas que integran el Comité de Madres y Familiares de Hijas Desaparecidas, expresaron no estar de acuerdo del todo con lo declarado por los funcionarios públicos.

Ricardo Alanís, padre de Mónica Janeth Alanís Esparza, joven universitaria cuyo paradero se desconoce desde hace tres años y medio, comenta que las acciones que la oficina de Gobernación Estatal emprendió sólo provocarán desempleo en la zona Centro y, por lo tanto, más criminalidad.

“Mejor que se pongan a hacer su trabajo y se pongan a investigar cada caso”, critica el padre de la joven desaparecida.

De igual manera, han surgido quejas y discrepancias en torno a la forma en cómo se ejecutó el operativo de revisión.

“Margarita”, quien laboró en cantinas durante 17 años hasta el día de la clausura, señala que el cierre de los negocios se llevó a cabo de manera arbitraria.

“Eran los mismos policías quienes traían muchachitos menores de edad que habían agarrado quién sabe dónde, para decirles que se metieran a la cantina y tener un pretexto para cerrarla”, denuncia la otrora cantinera.

La historia de una cantina del centro

María de los Ángeles Silerio Mendoza llegó con sus tres hijos a Ciudad Juárez en 1948, luego de abandonar su hogar y a su marido.

Oriunda de La Escondida, localidad en el municipio de Nuevo Ideal, Durango, María de los Ángeles nunca imaginó que su familia terminaría sustentándose con las ganancias que produciría una de las cantinas asentadas en el Centro Histórico de la ciudad.

Ese mismo año se casó con Agustín Flores Muela, entonces propietario de una cantina denominada Cruz Blanca. La familia vivía y trabajaba en el establecimiento por lo que fue testigo de los últimos años de popularidad de los cabarets.

Cuando Agustín Flores Muela murió, en 1962, a los 75 años de edad, María de los Ángeles se convirtió en la propietaria de la cantina.

En 1991, pretendía traspasar la propiedad de la Cruz Blanca a sus dos hijos, Miguel Ángel y Jesús, sin embargo, no lo hizo porque ellos opinaban que esto no era necesario.

María de los Ángeles murió en un hospital de El Paso siendo aún la propietaria de la Cruz Blanca. Nunca supo que su cantina había sido clausurada por la autoridad.

La época dorada

Medio siglo después, Miguel Ángel Silerio Mendoza aún recuerda con beneplácito el auge de los centros nocturnos fronterizos.

“Era una época buenísima, Ciudad Juárez vivía de las cantinas. Taxistas, meseras, boleros, cigarreros, bailadoras, todos sacaban de este negocio”.

Sin embargo, con tristeza admite que ya terminaron los tiempos en los que la zona centro era sinónimo de entretenimiento.

Aunque también confiesa que, probablemente, aunque no hubieran clausurado la Cruz Blanca, invariablemente él hubiera tenido que cerrar.

“Debemos mucho dinero. Aquí se debe gas, agua, luz y otros impuestos municipales y federales… también dice Ángel Olivas que le debemos dos años de permiso, pero no hemos tenido dinero para pagar porque ellos nos han acabado. Si nos dejan trabajar, les pagamos”, advierte.

Respecto a la justificación dada por las autoridades para legitimizar los operativos de clausura emprendidos, Silerio Mendoza responde: “mira, cada cantina tiene su tipo de clientela. Por ejemplo aquí, la mayoría son viejitos y trabajadores. Esta es una cantina para gente humilde, para albañiles, trabajadores del Centro que vienen y compran bebida barata porque es para lo único que les alcanza. Aquí no hay trata de mujeres, ni siquiera hay mujeres jóvenes, solo gente mayor comprando lo poco que pueden pagar”.

Considera que la intención de las autoridades por disminuir los crímenes de género a través del cierre de cantinas es una medida fallida.

“Creo que el cerrar cantinas es otra estrategia para lo mismo que han venido haciendo todos estos años, que es buscar chivos expiatorios para las desapariciones de mujeres”, lamenta.

Algunos de los propietarios de cantinas clausuradas sospecha que el operativo obedece la intención de favorecer a un particular: “quieren descomercializar el centro de la ciudad, quieren acabar con las cantinas, desvanecer el comercio… quieren comprar a bajos precios las propiedades y necesitan que la zona pierda peso económico por intereses del Municipio”.

Cantineros buscan amparos

El desempleo y las pérdidas económicas que ha generado el operativo orilló a los cantineros a defenderse por la vía legal.

El día 19 de mayo, el abogado de la Alianza de Comerciantes en Vinos y Licores, David Gómez, comunicó que buscará proceder por la vía de amparo, ya que, según él, la autoridad procedió de manera indiscriminada y esto ha tenido serias consecuencias económicas para los trabajadores de los establecimientos clausurados.

Sin embargo, el amparó que permitió a algunas de las cantinas seguir operando, con la intención de conseguir ingresos para reubicarse en otra zona de la ciudad, venció el pasado 30 de noviembre.

Se estima que alrededor de 20 establecimientos se verían obligados a cerrar.

Un club social de pobres

“Mira, todos los seres humanos necesitan un escape. La gente de sociedad, la gente con dinero, tiene clubs, la gente pobre no. Este es un club social de pobres, pero es un tugurio para la autoridad. Para nosotros, el Club de Leones o el Club Rotario es un tugurio de gente rica”, dice Silerio Mendoza mientras “José”, propietario de la desaparecida Texcoco, asiente con la cabeza y se anima a agregar: “cerrar nunca ha sido el remedio. No necesariamente tienen que estar  en estos lugares (los delincuentes)… aquí hay vicios y todo eso, pero no lo pueden catalogar a uno de criminal por gustarle ir a las cantinas”.

Con respecto a la postura que la policía preventiva ha asumido en la Zona Centro durante los últimos meses, “José” comenta que si a uno de esos agentes se le da la gana, simplemente te meten a la cárcel.

“Y a eso no se le puede llamar justo. Ya se los llevan nomás porque están feos o están greñudos. Tienen más fuerza los verdaderos delincuentes. En todas las cantinas cerradas se metió gente a robar”, reprocha.

Pláticas de cantina clausurada

Así, sentados en el exterior del puesto de ropa que antes solía ser la cantina Texcoco, “José” y Miguel Silerio Mendoza recuerdan cómo eran los tiempos en que las cantinas y cabarets representaban parte significativa de la identidad y la economía juarense.

Se ríen y “José” se fuma un cigarro. Hablan sobre las cantineras, los músicos, los cigarreros, los boleros y todos esos comerciantes que en alguna época vivieron los tiempos más prósperos de sus vidas en los cabarets y que ahora “quién sabe en qué andarán”.

También hablan sobre la intención de la Administración Municipal de derrumbar la manzana 14 del Centro Histórico y reubicar a los locatarios, que durante más de 50 años han trabajado en ese lugar.

“Es el mismo jueguito. Quieren acabar con la historia del Centro”, dice José cabizbajo.

Se quedaron hablando sobre tiempos mejores, tiempos idos, los tiempos festivos de la Zona Centro.

Luego charlan sobre la reciente violencia y sobre el miedo que, creen, aún permanece acechando en el pensamiento de la comunidad juarense.

Después ya no hablaron de cantinas; hablaron sobre su familia, sobre el clima, sobre sus planes futuros. Al final, hablaban sobre una ciudad que “ya se nos está acabando” y sobre un desierto que es cada día más árido.

Una frontera festiva, llena de extranjeros.

Hacia la primera mitad del siglo pasado, con la actividad económica detenida como consecuencia de la lucha armada de la Revolución Mexicana, muchas de las familias originarias de la región emigraron de esta ciudad y la infraestructura urbana lucía derruida.

Fue entonces cuando se instituyó en Estados Unidos la prohibición de la venta de licor por copeo. Esa prohibición alentó que una gran cantidad de extranjeros se acercaran a las fronteras mexicanas en busca de entretenimiento y licor, por lo que las zonas más cercanas a los puentes internacionales se convirtieron en el sector que ofertaba “vida nocturna”.

En el caso de esta ciudad, las avenidas Mariscal y Juárez son un ejemplo emblemático de ese auge.

Durante los años 30, la crisis económica de la Gran Depresión no frenó el desarrollo comercial en el centro de Ciudad Juárez. Los hoteles, cabarets, casas de juego, cantinas y salones de baile se reproducían sobremanera.

La Ley Seca estadounidense (1920-1933) aumentó la demanda de bebidas embriagantes en la frontera y convirtió a la ciudad en el centro de abastecimiento de El Paso.

Cuando se derogó la prohibición al alcohol en Estados Unidos, la clientela de los cabarets, cantinas y salones juarenses estaba conformada en su mayoría por soldados estadounidenses pertenecientes a las tropas acantonadas de manera permanente en el Fuerte Bliss (Fort Bliss), en el El Paso, a raíz del estallido de la Segunda Guerra Mundial.

También como consecuencia de ese conflicto bélico y de la estrategia militar y económica estadounidense, en 1944 se instituyó el Programa Bracero, lo que permitió a miles de mexicanos viajar a Estados Unidos para trabajar en el sector agrícola.

Esto propició un flujo constante de migrantes a través de la frontera juarense, que también participaban en la próspera vida económica de la ciudad, impulsada por los cabarets. Sin embargo, cuando el Programa Bracero terminó en 1964, el resultado fue la deportación de miles de mexicanos, la introducción de industrias del algodón y el azúcar en el comercio agrícola y el colapso de la industria local (Gómez Martínez, Desplazamientos en la revitalización urbana: el fin de la fiesta en la Mariscal).

La llegada de las maquiladoras

Hacia mediados de los años sesentas, cuando el Gobierno Federal notó lo que acontecía en las ciudades fronterizas, por lo que decidió impulsar programas de inversiones urbanas con la intención de modernizar la infraestructura y apoyar al comercio fronterizo; se facilitó así la instalación de empresas maquiladoras.

Finalmente, se favoreció la incorporación de centros comerciales y tiendas departamentales.

Comenzó entonces un proceso de transformación industrial en la ciudad, con un comercio descentralizado y con la gestión de parques industriales.

Además las crisis económicas de los 70 y 80, propiciaron que la mano de obra se abaratara y más empresas maquiladoras decidieran establecerse en Ciudad Juárez.

De acuerdo con el maestro Ángel Fernando Gómez Martínez, en su texto Desplazamientos en la revitalización urbana: el fin de la fiesta en la Mariscal: “Entre 1950 y 2000, la población del centro de la ciudad pasó de 41 mil a 16 mil personas. La infraestructura de la zona evidenció este cambio: las viviendas originales se subdividieron en vecindades, acondicionadas para uso comercial o bodegas, quedando solo ocupadas por adultos mayores mientras que las familias jóvenes emigran a las nuevas zonas residenciales”.

De esta manera, la población de la zona centro quedó constituida principalmente  por personas de edad avanzada. El corazón de la ciudad comenzó a envejecer.

Así, mientras los compradores de clase media y alta adquieren sus bienes en El Paso o en los centros comerciales, la zona del Centro Histórico empezaría a sustentarse exclusivamente con los ingresos de los compradores de bajos recursos económicos, que compran sus abastos en el centro o pasan por ahí como parte de sus actividades diarias.

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