El placer vicario de espiar al otro

Sylvia Aguilar Zéleny

EL PASO – Seré honesta: no es algo de lo que me sienta orgullosa pero yo soy de esas que disfrutan, de vez en cuando, el placer vicario de espiar al otro en mi buscador. Póngamoslo de esta manera: usted está en una conversación y se habla de una persona a quien no conoce, su nombre se repite y se repite, se dice esto y lo otro de dicha persona y usted permanece completamente perdido. ¿Qué hace? Si usted es listo y se siente en confianza preguntará quién es esa persona, indagará detalles, tal vez lo conozca y no lo sabe. Yo me voy por el camino fácil. Espero a llegar a casa, abro mi computadora y tecleo el nombre en el buscador, o para más agilidad: en Facebook. A fin de cuentas, todo mundo tiene Facebook, hasta mi gato.

Es curioso este otro camino que nos han abierto las redes sociales. O bien, es curioso ese camino que nos cierran las redes sociales. Me voy a la pantalla en vez de preguntar directamente, mando un correo, un inbox o un twit en vez de tomar el teléfono o ir a ver a la persona misma para hablar de esto o de aquello. No se me malinterprete: no estoy ni en contra ni a favor de las redes. Estoy simplemente admitiendo cómo aún me sigue sorprendiendo el alcance tecnológico en términos de comunicación.

Las redes vienen a satisfacer, de manera instantánea, la curiosidad. ¿Quién es tal persona, qué dijo, qué publicó, cómo se ve en las fotos, con quién anda, por qué? Todo eso y más está a nuestro alcance en sólo un click. Bueno o malo, no lo sé, pero real. De pronto los medios se vuelven, literalmente, LOS medios, nuestros medios.

Pueden volverse también nuestros miedos.

¿Quién ve lo que publicamos? ¿Por qué? ¿Qué hacen después de ver una foto nuestra? ¿Quién se asoma en nuestras vidas sin que nos demos por enterado?

Ni-i-de-a.

Mi consuelo es que cuando mi hijo de doce años me hable de una niña linda que conoció, muy probablemente podré irme directamente a la red y buscar ahí a la susodicha que quiere robarse el corazón de mi hijo. Bueno, bueno, tal vez no lo haga, pero ciertamente me da seguridad saber que puedo hacerlo. He ahí por qué retomo las sabias palabras de Sylvia Molloy, quien al hablar de su acceso a los buscadores ha dicho:  el placer vicario de espiar al otro.

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